Paseo en carretera

El negro parece más negro que de costumbre. A lo lejos apenas y se vislumbra pequeños indicios de luz o quizá son luciérnagas que juguetean entre la noche.
Desconozco si voy al sur o al norte. Al parecer el punto cardinal no importa en esta ocasión cuando se está perdido en las carreteras de Jalisco.
Llevamos 45 minutos de trayecto de Guadalajara, la capital del estado, hacia una hacienda ubicada en Ahualulco, Jalisco.
Sí, llevamos. No voy sólo. Mis pasos fueron remplazados por el roce de unas llantas que andan sobre el pavimento, terraceria o algún camino que ha sido inventado por el hombre.
Junto conmigo viajan otras 12 personas, más el operdor de la unidad. Más que cómplices de viaje empiezo a sentir ira hacia ellos porque roban parte del aire para respirar.
El aire empieza a viciarse y el único remedio que encuentro es pegar mi cara al vidrio húmedo que, del otro lado, recibe las gotas provocadas por los efectos del huracán Jova.
Por más que trato para que mi vista se acostumbre al negro que me inspira pavor, pero que a la vez me invita a adrentarme en él  y a ser suyo, sólo veo el reflejo de mi cara en el cristal provocado por la luz que emite este aparato inerte.
Llevo mi vista hacia el frente del automóvil y solo veo un fondo oscuro, apenas iluminado por una luz artificial que exhibe a su paso cuanto insecto se cruce frente a él.
La oscuridad es tal, al final, que ni siquiera puede distinguirse aquella línea que provoca el horizonte.
Hace 20 minutos alguien sugirió preguntar en una estación de gasolina la ubicación exacta de la hacienda y el camino a tomar para llegar a ella. Pero no. Uno de esos hombres que creen saberlo todo se guía a través de un localizador satelital de su aparato telefónico, como el mismo en el que yo voy escribiendo estas palabras.
Recién pasamos otra estación de gas. Podría pensar incluso que estamos dando círculos, vueltas. Es como estar en una pesadilla dantesca en la que las alas de la oscuridad no dejan de provocarme.
El aire sigue escaseando. Hago una pausa.
Mi respiración, profunda para ganar la mayor cantidad de aire posible, se combina con bostezos que son interrumpidos por la mala calidad del camino, que podría equipararse a un paseo por la superficie lunar. 
‘Aquí es la desviación. Aquí a la izquierda’ son las palabras del hombre que hace de capitán de este barco que espero no naufrague.
Sus palabras distraen mi atención y miro hacia el exterior para percatarme que el abismo me espera afuera. De estar ahí, me sentiría oprimido por la libertad vivida luego de llevar más de una hora en un automóvil.
Al fondo se ve una luz y vestigios de civilización. Espero que sea la hacienda y no la luz con la que me recibe mi locura. (11/10/2011)

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